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¿Son nuestras decisiones de inversión racionales?

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Menos de lo que pensamos, por ello es fundamental dejarse asesorar por expertos y saber mitigar aquellos sesgos psicológicos que nos impiden tomar decisiones con éxito.

Hubo un tiempo en el que las teorías y modelos financieros se basaban en dos hipótesis: los inversores son racionales y los mercados tienden a ser eficientes. Pero entonces llegó la economía conductual para recordarnos que el comportamiento del ser humano (inversionista) no es una ciencia exacta, ya que está condicionado por la manera en que percibimos la realidad (publicidad, fake news, etc.) y la interpretamos (sistema de valores, procesos mentales, estado emocional, etc.), así como por el modo en que articulamos las respuestas. Al incorporar la perspectiva psicológica al análisis, que dejó de ser estrictamente matemático, se ha podido realizar una aproximación descriptiva (y no normativa) sobre cómo invertimos, más allá del cómo deberíamos invertir.

Para profundizar en este tema, en el cual influyen complejos procesos mentales, hemos consultado a expertos en finanzas del Banco Santander, para que nos den unas sencillas claves con las que lograr nuestros objetivos financieros, atendiendo a los factores que influyen cuando deseamos invertir:

Objetivos del inversor

Es importante identificar de forma muy concreta las metas que deseamos alcanzar, tanto en términos de riesgo como de retornos esperados. Habrá quienes prefieran conservar su patrimonio, manteniendo su capacidad de comprar y evitando el riesgo (eso sí, prestando especial atención a la tasa de inflación para no perder poder adquisitivo). Y otros, en cambio, desearán esperar (aunque sea un largo periodo de tiempo) a que su cartera crezca, debido al aumento en el precio o el valor de los activos (la llamada apreciación del capital).

Los cortoplacistas, que suelen pecar de optimismo, no temen arriesgarse cuando el rendimiento superior es el propósito. Pero habrán de saber que esta hiperactividad inversora puede tener consecuencias al precipitarse en la toma de decisiones, dejándose llevar por la tentación de los resultados inmediatos.

Por otra parte, existe un nuevo perfil de inversor preocupado por el medioambiente. Y es que, “para muchas personas resulta cada vez más relevante que sus inversiones estén alineadas con sus valores y su forma de pensar”, como apuntan los responsables de Santander Asset Management, gestora de fondos de inversión y planes de pensiones del grupo Santander, entidad avalada con más de 27 años de experiencia y compromiso con la Inversión Sostenible y Responsable (ISR), pionera en lanzar el primer fondo sostenible y responsable en España (en el año 1995), cuenta en la actualidad con una amplia oferta de calidad y con más de 11Bn€ bajo gestión en este tipo de estrategias de impacto positivo para la sociedad y el medio ambiente..

Situación personal y profesional

“Es fundamental analizar nuestro punto de partida, definiendo la situación actual en cuanto a ingresos, gastos y endeudamiento, así como la existencia o no de fuentes alternativas de generación de rentas”, recomiendan los asesores del Banco Santander, que nos invitan a comparar nuestro ciclo de vida con el de nuestras metas financieras.

Aunque el objetivo sea el mismo –por ejemplo, conseguir un determinado volumen patrimonial en el momento de la jubilación–, las cantidades mensuales destinadas a alcanzarlo serán diferentes dependiendo de la edad: a los 35 años debemos aportar mucho menos dinero que a los 55. Pero a los 55 años se supone que tendremos muchas menos deudas y cargas económicas.

Además, tal y como formuló el Premio Nobel de Economía Richard H. Thaler en su Teoría de la contabilidad mental, las personas simplificamos las decisiones financieras, es decir creamos cuentas separadas en nuestra mente y tomamos las decisiones en función de cómo afectan a estas y no al conjunto de nuestras finanzas. Lo que provoca, por ejemplo, que cuando necesitamos liquidez a corto plazo prefiramos pedir un crédito al consumo en vez de, por ejemplo, analizar antes cómo reducir nuestros gastos.

Grado de aversión al riesgo

En el estudio El efecto de las emociones en nuestras inversiones personales, los expertos en economía y finanzas Diego Valero y Federico Servetto ya advirtieron que todos, en mayor o menor medida, tenemos aversión al riesgo (miedo a perder), y que esta, a su vez, depende de factores emocionales. Por ello, los perfiles de inversores de las teorías económicas clásicas se han quedado desfasados (conservador, moderado y agresivo). Al ser un factor tan subjetivo y difícil de estimar, es importante evaluar de manera personal tanto la capacidad como la disposición propias de asumir riesgos, porque constituye el factor crítico para que la estrategia de inversión tenga éxito.

“Asimismo, es fundamental analizar nuestras necesidades de liquidez, ya que una inversión ilíquida (un activo ilíquido es aquel difícil de comprar o vender de forma inmediata) puede ser devastadora para los intereses financieros de algunas personas, en función de su dependencia o no de esos recursos”, advierten los expertos del Santander.

El inversor racional frente al inversor emocional

El campo de las finanzas conductuales no ha hecho más que recordarnos algo que ya sabíamos, que somos humanos y, como tal, tomamos decisiones de manera emocional (¡ojo!, no irracional). Fue el psicólogo Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía (2002), quien demostró que nuestro cerebro trabaja en dos niveles de pensamiento, el automático (ágil e inconsciente) y el reflexivo (lento y deductivo). Y claro, todo proceso automático acaba sucumbiendo a los errores, que en psicología se denominan sesgos, aquellos que aplicamos al proceso de toma de decisiones financieras. ¿Lo bueno? Que aunque son sistémicos, también son predecibles, por lo que bastará con estar atentos para no cometer fallos.

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 Precisamente la Comisión Nacional de Mercado de Valores en su guía Psicología económica para inversores se hace eco de los estudios de Kahneman y Richard H. Thaler, quienes han puesto de relieve que, en esencia, los sujetos no son seres plenamente racionales y que esa racionalidad limitada afecta al comportamiento de los mercados. También se detallan en el texto, de manera muy concreta, los sesgos más comunes que afectan a la toma de decisiones de inversión (ilusión de control, anclaje, descuento hiperbólico, etc), esos que desde el Banco Santander han tenido a bien ‘traducirnos’ a un lenguaje más coloquial para que todos podemos entenderlos:

1. Exceso de confianza

El pasado es pasado y el futuro (de los mercados) es imprevisible. Los resultados obtenidos han de influenciar muy poco en la posterior toma de decisiones, que deberá ser racional y acompañada de una evaluación previa y asesoramiento, si fuese necesario. O si no caeremos en uno de los sesgos emocionales más comunes: el exceso de confianza. Dejarnos guiar por la intuición no es malo, tan solo hay que aplicar un poquito de consciencia a la inconsciencia.

“Un inversor necesita hacer muy pocas cosas bien si logra evitar grandes errores. No es necesario hacer cosas extraordinarias para obtener resultados extraordinarios”, asegura el Oráculo de Omaha, Warren Buffett.

2. Euforia y pánico

Actuar impulsivamente está contraindicado. Lo correcto es ceñirse a un plan de inversión (es recomendable tener un registro de nuestras decisiones financieras y consultarlo periódicamente). ¿Por qué? Porque comprar a precios desorbitados en momentos de euforia y vender en momentos de pánico son tópicos a la hora de invertir y pueden dar al traste con la rentabilidad de la cartera, así como perjudicar los objetivos financieros a largo plazo (la información es poder, pero a corto plazo, puede ser muy peligrosa).

Ser disciplinados, tener una estrategia y darle continuidad es la manera más efectiva para alcanzar el tan ansiado autocontrol financiero.

3. Los juicios sesgados

Este efecto se produce cuando sobrevaloramos las experiencias recientes a la hora de invertir. Un ejemplo que nos trasladan desde el Banco Santander es este: “Tras una fuerte caída en bolsa tendemos a optar por un posicionamiento defensivo, olvidándonos de que esta ha tenido un efecto positivo en la valoración de los activos, que ahora cotizan a precios potencialmente más interesantes. Como consecuencia, no volveremos a aumentar la exposición hasta que los mercados acumulen varios años de rendimientos positivos, que nos habremos perdido en gran medida”.

4. Efecto manada

“Si quieres obtener mejores rendimientos que el resto de la gente, debes hacer las cosas de manera diferente a esa gente”, decía el financiero y multimillonario Sir John Templeton. Y vaya razón tenía. Hemos de atender a nuestros propios intereses, independientemente de lo que piensen y hagan los demás. Nuestra información es tan válida como la del resto, por mucho que actúen en manada. Por no hablar de que nadie, a parte de nosotros, conoce nuestra situación financiera actual, y la cantidad de riesgo que estamos dispuestos a asumir y durante cuánto tiempo.

5. La fobia o aversión a las pérdidas

El miedo a perder algo supone un incentivo mayor que la posibilidad de ganar algo de valor semejante o, lo que es lo mismo, cualquier pérdida nos duele mucho más (en torno a 2,5 veces más) que la satisfacción que sentimos por una ganancia equivalente. Este fenómeno fue analizado por Kahneman y su colega israelí Tversky en su Teoría de las perspectivas, quienes detectaron esta asimetría en las emociones allá por el año 1979.

“Si estamos pensando en vender o mantener una inversión, no basta con examinar las rentabilidades recientes, tenemos que tener en cuenta las perspectivas del mercado y analizar las ventajas y los riesgos de la inversión frente a otras alternativas. Las inversiones, por su naturaleza, suben y bajan, de modo que es importante no tomar decisiones basadas en el miedo”, recomiendan los asesores del Banco Santander.

6. Concentración / Sesgo país

Valoramos más los activos que ya tenemos que los que no tenemos, por muy atractivos que estos puedan llegar a ser, pero tal y como nos recuerdan desde el Santander: “Es importante mantener una elevada y correcta diversificación de nuestra inversión en activos financieros para poder optar a rendimientos sostenibles en el tiempo”.

También le damos más valor a las inversiones que sentimos más ‘cercanas’ (sesgo país). Sin embargo, no podemos apostar, según los expertos, únicamente por activos procedentes de nuestro país de origen porque nos parezcan más dignos de confianza, puesto que nos resultan más conocidos o son mencionados con más frecuencia en los medios locales de comunicación.

7. Tendencia al presente

Se trata de la tendencia humana a primar el beneficio inmediato frente a una ganancia futura. En lo referido a las inversiones, solemos priorizar el corto plazo al largo plazo, pero en palabras del famoso inversor estadounidense Peter Lynch: “Se puede perder dinero a corto plazo, pero necesitas del largo plazo para ganar dinero… El destino de un inversor lo marca su estómago, no su cerebro”.

“A la hora de planificar nuestras inversiones, el sesgo del presente predice que, a pesar de que hayamos establecido inicialmente una estrategia de inversión de largo plazo y bien estructurada, la evolución de los mercados en el día a día se encargará de ponerla en riesgo, alterando nuestros objetivos y nuestra tolerancia al riesgo”, concluyen los especialistas en inversión del Banco Santander.

Para mitigar el efecto de estos sesgos que afectan a la toma de decisiones financieras existen dos vías complementarias: la adecuada formación financiera y el asesoramiento por parte de profesionales del sector, entre cuyas funciones se encuentran proporcionar información relevante y alternativas de diversificación, atemperar el optimismo, ayudar a comprender y evaluar los riesgos e implementar una visión a largo plazo, entre muchas otras.

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