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Peter Pan o por qué el ser humano se resiste (muchas veces) a crecer

La cuestión no es baladí, ni encuentra su respuesta en un relato de ficción: ¿Por qué nos resistimos a crecer? El Síndrome de Peter Pan es una realidad cada vez más acuciante.

Todo el mundo conoce a Peter Pan, el personaje de James Matthew Barrie que nunca crecía y que, en su País de Nunca Jamás, podía jugar sin que ningún adulto pudiese darle órdenes. ¿De qué huía Peter Pan? ¿A qué tenía miedo? Quizás a tener que pensar como un adulto… A dejar de vivir en un mundo de fantasía y juego, sin obligaciones. Visto así, parece una historia de crecimiento tan gris como abocada a una innegable frustración. Pero salgamos del cuento y miremos a esa realidad actual que, cargada de tensiones y responsabilidades, muchas personas parecen no querer asumir… Adultos que no quieren o no pueden permitirse actuar con madurez. Sí, podríamos estar hablando del Síndrome de Peter Pan.

En Peter Pan, el hecho de ser eternamente niño no es otra cosa que intentar ocultar su incapacidad para madurar. En el ser humano también: huir de los compromisos y decisiones que acarrea la responsabilidad. Un comportamiento que, disfrazado de mito o de fantasía, se aferra a una infancia más psicológica que real, y que pretende justificarse con actitudes vitales alejadas del peso que supone ir creciendo y todo lo que ello implica. Miedo a ser adulto… a decidir, a ir por la vida planificando metas y sorteando obstáculos. Un miedo que, ya localizado, lastra el desarrollo personal de quien lo padece, y entorpece sus relaciones sociales y personales con el entorno.

El Síndrome de Peter Pan se presenta como un desorden de personalidad que se caracteriza por la inmadurez en aspectos sociales y sexuales, irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia y manipulación.

Fue en los años ochenta cuando el reconocido psicólogo Dan Kiley postuló lo que se conoce como Síndrome de Peter Pan. Había observado en algunos de sus pacientes una más que evidente negación a asumir las responsabilidades que acarrea la edad adulta y, por tanto, a desarrollar los papeles implícitos a la misma (como padre, profesional, pareja…) y que son claves en el crecimiento vital de cada persona. Desde entonces se ha hecho habitual identificar comportamientos que encajan en dicho perfil, sobre todo en varones, más propensos a asumir el rol de protección que se requiere al cabeza de familia como proveedor de seguridad y sustento.

Como bien decía el doctor Kiley en su libro El síndrome de Peter Pan. Los hombres que nunca crecieron (1983) estamos ante un delicado y serio desequilibrio psico-sociológico del hombre contemporáneo. Siguiendo sus palabras: “No encaja en ninguna categoría reconocible, pero no se puede negar su presencia. Todos sabemos que está ahí, pero hasta ahora nadie lo había etiquetado ni explicado. En los últimos veinte o veinticinco años, las presiones de la vida moderna han exacerbado los factores causales, lo que ha provocado un aumento espectacular de la frecuencia de este problema. Y hay muchas razones para creer que puede empeorar en los próximos años”.

Escapar de la realidad y vivir cada día como si de un juego se tratase también tiene sus consecuencias.

Dibujo en grandes trazos de Peter Pan

Los múltiples artículos publicados sobre el tema presentan el síndrome, más que como una enfermedad psicológica, como un desorden de la personalidad que se caracteriza por la inmadurez en aspectos sociales y sexuales, irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia y manipulación. Sin entrar en diagnósticos médicos, y aunque de puertas afuera la persona pueda parecer tranquilamente despreocupada, el comportamiento de un Peter Pan viene marcado por diversas variables: deseo de estar al cuidado de otra persona; dificultad para adquirir compromisos; incapacidad para asumir las propias responsabilidades y problemas; dificultad para proporcionar afecto y empatizar; miedo a la soledad; tendencia al egoísmo; dependencia emocional y de gestión (económica); baja autoestima, insatisfacción y comportamiento rebelde; alta necesidad de atención; rasgos de personalidad narcisista; o idealización de la juventud.

En la actual sociedad capitalista, donde priman el continuo cambio, la inmediatez del consumo y el mínimo esfuerzo, este es un problema que tiende a hacerse crónico. Sus orígenes parecen bucear en la infancia del afectado: tanto en la idealizada felicidad que lleva implícita y que se pretende alargar al máximo, como en infelicidad carente de afectos contra la que esa persona se rebela buscando recuperar los momentos que no ha conseguido vivir. Ambos casos, ya sea tras una educación permisiva u hostil, provocan la generación de un adulto que no sabe o no quiere asumir sus responsabilidades más naturales.

Las personas no podemos detener el tiempo y evitar así el envejecimiento, pero sí podemos elegir lo que hacemos durante nuestro viaje por la vida.

Tecnología, moda, deporte, redes sociales, dinero fácil… Escapar de la realidad y vivir cada día como si de un juego se tratase también tiene sus consecuencias. En forma de alteraciones emocionales, que asimismo se tornan conductuales, los efectos de una actitud ante la vida como esta no se hacen esperar. Además de unas relaciones sociales y afectivas pobres e inestables, o de una baja tolerancia a la frustración, la persona Peter Pan acabará por mostrar altos índices de ansiedad y unos niveles de autoestima que se tornan tristemente bajos. La realización personal, ante la ausencia de responsabilidades, se torna, por tanto, escasa y carente de empuje. La solución pasa por abordar estrategias que permitan entrenar a la mente en cuanto a responsabilidades y toma de decisiones se refiere, reflexionar sobre los miedos, plantearse nuevas mentas y actuar de forma tan crítica como resolutiva.

Siguiendo la reflexión que el psicólogo y terapeuta Antoni Bolinches hacía en su libro Peter Pan puede crecer: “Las personas no podemos detener el tiempo y, por tanto, no podemos evitar el envejecimiento, pero sí podemos elegir lo que hacemos durante nuestro viaje por la vida. Podemos aprovecharlo para aprender de lo que vamos viviendo o podemos vivir como si el tiempo no pasara. Quien elige el primer camino tiene muchas posibilidades de madurar y convertirse en una persona autorrealizada, pero quien elige el segundo es muy probable que se convierta en un viejo y anquilosado Peter Pan o que incluso se transforme en un Capitán Garfio”.

El 2016 el diario The Telegraph empezó a utilizar el término midorexia para hablar de aquellas personas adultas que, superados los cincuenta, se encuentran más atractivas que nunca y deben hacerlo ver al resto de su entorno.

Otra vuelta de tuerca, la midorexia

En línea con el síndrome que muchos jóvenes viven emulando a Peter Pan, pero en el otro extremo de la cadena de edad, y como consecuencia del fuerte incremento en la esperanza de vida, surge lo que ha dado en llamarse la midorexia, o el afán de ciertas personas ya maduras por mantenerse y actuar como si fuesen jóvenes. Si a los veinte años, el ser humano quiere ‘comerse el mundo’ ante la infinitud de la vida que se tiene por delante, a partir de los cincuenta parece resistirse a aceptar la categoría ‘sénior’, no quiere aceptar la cuenta atrás que el ciclo vital impone. Nace así lo que podría asimilarse a un ferviente y, a veces, obsesivo culto a la juventud, que puede acarrear consecuencias negativas, sobre todo cuando se confunde belleza y atractivo físico con salud.

Sin haberse llegado a tratar y catalogar como trastorno, el término midorexia fue usado por primera vez en 2016 por el diario The Telegraph para hablar de aquellas personas adultas que, superados los cincuenta, se encuentran más atractivas que nunca y deben hacerlo ver al resto de su entorno. Hombres y mujeres que, en un intento por aparentar a nivel estético la edad que no tienen, visten, piensan y actúan como si fuesen mucho más jóvenes. Sin duda, la importancia que la sociedad actual da al aspecto físico se erige como detonante de una actitud con la que se pretende escapar al ‘malditismo’ que rodea a la persona poco atractiva.

Llevar un estilo de vida saludable (actividad física y mental, buena alimentación…), intentando escapar de falsos ideales de juventud, así como del victimismo que puede asociarse a la edad, son los caminos más adecuados para evitar caer en esa midorexia negativa que puede complicar la existencia de algunos visionarios ansiosos por vivir eternamente. Es importante tener claro que el tiempo no puede pararse, por muchas liposucciones que uno se haga o videoconsolas se compre. La autoestima debe primar sobre afanes que se antojan irrecuperables. Y la vida, cuando ya se es mayor, debe vivirse de forma plena y consciente, sin resignarse a la realidad biológica sino con resolución y arrojo. Como decía Freud, el tiempo no pasa en el inconsciente, somos nosotros los que pasamos en él.

 

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