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En busca de la felicidad… a partir de los 50

La curva de la felicidad tiene forma de U, lo que significa que, a partir de los 45 años, aproximadamente, comenzamos a vivir con más plenitud. Para lograrlo, los expertos recomiendan fomentar la ilusión, así a los 30 como a los 60.

Contaba hace poco la actriz Petra Martínez (77 años) en el programa de televisión ‘El Hormiguero’ que comenzó a sentirse mucho más segura de sí misma cuando rebasó los 50. “Hasta entonces, quería parecer joven. Pero, cuando cumples una edad, te das cuenta de que no tiene nada que ver el físico con lo que tú eres. Y te empieza a dar menos vergüenza casi todo, no te tomas en serio casi nada. A no ser que tengas enfermedades (a los 70, si no te duele nada, es que estás muerto) o que andes muy mal de dinero, empiezas a vivir plenamente”. Si la intérprete de Linares (Jaén) ha alcanzado el culmen de su felicidad, solo ella lo sabe. Pero escuchándola se diría que al menos está muy cerca de ello.

Las sensaciones de Petra tienen sentido. De hecho, hay numerosos informes empíricos que las ratifican, como el estudio ‘Felicidad y Envejecimiento en Estados Unidos’ publicado en 2020 por el National Bureau of Economic Research, una entidad privada estadounidense que realiza investigaciones económicas. Señala que la satisfacción con la vida en aquel país dibuja una forma de U durante la edad laboral, desde los 18 hasta la jubilación, con un punto bajo en la mitad de la vida, a mediados de los 40 (etapa en la que es más probable que ocurran las llamadas muertes por desesperación, que siguen patrones fuertemente asociados con la infelicidad y el estrés). “Luego disminuye, particularmente después de los 80 años, impulsada por la viudez y los problemas de salud”. A esa U la llaman la curva de la felicidad.

A raíz de este estudio y de otros similares que se han desarrollado en los últimos años y cuyas conclusiones son extrapolables a decenas de países en desarrollo y avanzados, se confirma que el bienestar y la felicidad pueden estar relacionados con la edad. Y parece que somos más felices conforme envejecemos. De nuestra dicha en la infancia y en la juventud nadie duda. Pero, ¿qué pasa después? ¿Cómo superamos ese bache de los 45 y vecinos y, como se dice popularmente, nos “venimos arriba”?

En su libro ‘A Long Bright Future’, la fundadora y directora del Centro de Longevidad de Stanford de la Universidad de Stanford (EEUU), Laura Carstensen, desacredita mitos y conceptos erróneos sobre el envejecimiento, como el que afirma que está asociado con la soledad y la infelicidad, y que solo los genéticamente bendecidos viven bien y por mucho tiempo. Esta profesora de Psicología y Políticas Públicas también escribe sobre la correlación entre el envejecimiento y la felicidad (describe la famosa U), y muestra que las personas sienten emociones negativas con menos frecuencia cuando son mayores.

“La felicidad no tiene edad. En cualquier etapa puedes tener más felicidad o menos dependiendo de lo que tú estás viviendo”, asegura la psicóloga clínica Lecina Fernández.

“Podríamos pensar que, a medida que nos hacemos mayores, el cuerpo va envejeciendo y dejamos de hacer cosas, por lo que dejamos de recibir gratificaciones. Es como si dejaras de cargar las pilas de tu estado de ánimo y de tu espíritu, y estás apagado y triste –dice Lecina Fernández, psicóloga clínica del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid–. Por otra parte, vemos que la felicidad no tiene edad, porque hay adolescentes muy poco felices. No es solo el tema físico; algo más influye en la felicidad. Mientras tengamos las necesidades básicas cubiertas, el tema de la felicidad dependerá de cada persona, de en qué momento esté. La vida está llena de crisis biológicas (niñez, pubertad…) en las que hay cambios de roles. En cualquier etapa puedes tener más felicidad o menos dependiendo de lo que tú estás viviendo. Ahí la educación es fundamental. No para ser feliz necesariamente, sino para saber enfrentarte a los problemas, para vivir”.

Menos exigencias

Conforme sumamos años, asociamos la felicidad a la tranquilidad, más que a la alegría. Es lo que ha experimentado la madrileña Paloma González, de 55, con dos hijos de 23 y 25. “Cada etapa tiene su aquel. Si tienes familia, los niños te dan vitalidad y eres muy activo. Según van creciendo gozas de cierta tranquilidad, porque empiezan su vida adulta. Con la edad tú también ganas en libertad. Yo ahora hago muchas cosas, me voy de viaje, me voy a esquiar… La vida en pareja también se recupera. Nosotros estuvimos casi dos años sin hacer vida social cuando los niños nacieron. Ahora ya ni pregunto si les viene bien que me vaya o no. No sé si a eso le llamaría ser más feliz, porque pierdes unos miedos pero aparecen otros (si encontrarán un buen trabajo, si les atracarán por la noche…). Tampoco sé si seré más feliz con más años. Cuando se me acabe el trabajo, tengo que ser lo suficientemente hábil como para tener esa parte cubierta y hacer cosas que me apetezcan”.

Conforme sumamos años, asociamos la felicidad a la tranquilidad, más que a la alegría.

Según atravesamos ciclos vitales, las exigencias se rebajan y la tranquilidad aumenta. Las obligaciones que se asumen en la etapa educativa y en la laboral, por ejemplo, no son comparables, y en la vida se va generando un estrés ante la incertidumbre sobre qué deparará el futuro, para nosotros y para nuestras familias. Están los fracasos amorosos, la muerte de allegados, la hipoteca… También las demandas profesionales hacen que la tensión nos acompañe en el día a día. Por eso cuando se alcanza cierta edad y los hijos están encarrilados va disminuyendo ese estrés con el que nos apremia la vida.

“Con el tiempo vamos aprendiendo a entender la vida con una filosofía diferente. Somos como una esponja, y aprendemos a diferenciar lo urgente de lo importante, lo que verdaderamente es relevante, lo que nos hace felices, dejando atrás lo que nos haya presionado. Vamos poniendo orden en las cosas, priorizamos, entendemos más. La universidad de la vida te ayuda, y eso da tranquilidad”, comenta la psicóloga Lecina Fernández.

Despertar la ilusión

¿Y dónde se encuentra la felicidad a medida que crecemos, con los achaques a cuestas? Fernández dice que se puede buscar, y prefiere hablar de ilusión. “Es un concepto de psicología más amplio que el de felicidad, que es un resultado. La ilusión es un proyecto. Desde que tienes la idea ya salta la chispa al ver un horizonte. La gente la compara con motor de vida, con energía, como algo físico, que empuja hacia delante. También va con emociones positivas, como entusiasmo, felicidad… Y la ventaja que tiene es que nunca sabes si la ilusión se va a cumplir o no. Hay incertidumbre, pero la toleramos perfectamente cuando estamos ilusionados. Vivimos con la posibilidad de frustrarnos, pero seguimos adelante. Es muy importante educar en buscar la ilusión, porque ya la hemos vivido antes, no nos es ajena”.

En las investigaciones sobre la materia que ha completado esta profesional se concluye que, en general, demuestran más ilusión los jóvenes (por su esperanza de futuro, de proyectos) que los mayores, “pero estos, cuando es ilusión de presente (“esta tarde viene el nieto”) y está relacionada con las personas, tienen puntuaciones de intensidad de ilusión más altas que las de los jóvenes. Por eso es muy importante fomentar la ilusión”.

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