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Colesterol, ese viejo enemigo que ataca el corazón… ¡y el cerebro!

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Para mantener a raya los niveles de lípidos en sangre es necesario llevar un estilo de vida saludable y controlar factores de riesgo como el peso corporal y el consumo de tabaco.

Es bien sabido que el colesterol es uno de los principales factores de riesgo de la enfermedad cardiovascular, pero un estudio publicado recientemente por la revista The American Journal of Medicine acaba de demostrar la relación directa entre los niveles de colesterol elevado en sangre y los trastornos de las funciones cerebrales superiores. ¿Qué quiere decir esto? Que las pérdidas de memoria, la falta de atención e incluso el estado de ánimo de los mayores de 50, es decir, el Deterioro Cognitivo Leve (DCL) asociado a la edad, también estaría influido por esta sustancia del cuerpo humano. Cuando creíamos que lo sabíamos todo sobre nuestro ‘viejo enemigo’, llega este y, además de darnos un vuelco al corazón, nos lo da a la cabeza.

Pero, ¿qué es el colesterol?

El colesterol es un tipo de lípido que produce el hígado y circula por la sangre, pero que también se consume a través de los alimentos de la dieta. Razón por la que contener cierta cantidad del mismo en el organismo es normal, ya que el funcionamiento adecuado del cuerpo depende de ello: está implicado en la construcción de células y hormonas.

Son los niveles elevados –o desequilibrados– los que pueden provocar enfermedades del corazón y de los vasos sanguíneos, como infarto de miocardio, accidente cerebrovascular o arteriopatía periférica. Y, a tenor de los resultados del nuevo estudio, también disfunciones cerebrales superiores asociadas a la edad, aquellas que, en ocasiones, preceden a la demencia e incluso al Alzheimer.

El colesterol total consta de tres componentes, tal y como explican desde el Hospital La Luz el doctor Enrique Puras, jefe del servicio de Angiología y Cirugía Vascular, y la doctora Marta Ramírez, jefa asociada al mismo servicio:

  1. El LDL, perjudicial para la salud del corazón y los vasos sanguíneos si es demasiado alto. El LDL [conocido de manera coloquial como ‘colesterol malo’] retiene una gran cantidad de colesterol en su núcleo y lo deposita en las células del cuerpo y las paredes arteriales, donde puede acumularse. Es importante mantener sus niveles bajo control para minimizar estos efectos dañ La cifra ideal se sitúa por debajo de los 130 mg/dl pero en pacientes con enfermedad cardiovascular debe estar por debajo de 70 mg/dl.
  2. El VLDL (lipoproteína de muy baja densidad: ‘mala’) contiene muchos triglicéridos en su núcleo y se convierte en LDL a medida que pierde algunos triglicéridos. Su cifra debe ser inferior a 30mg/dl.
  3. El HDL (lipoproteína de alta densidad: ‘buena’) puede ser útil para la salud del corazón y los vasos sanguíneos; contiene más proteínas que colesterol en su estructura y no contribuye a la acumulación de colesterol en las paredes de las arterias como lo hace el LDL. La cifra ideal debe estar por encima de 40 mg/dl.

Respecto a los triglicéridos, aclaran los especialistas, que en realidad no son colesterol, pero sí otro tipo de lípido que –afectado significativamente por la dieta– almacena calorías adicionales, por lo que en altos niveles pueden ser perjudiciales para la salud del corazón. “Su valor debe estar por debajo de 150 mg/dl. Para reducirlos a veces se agregan medicamentos con fibratos, o ésteres etílicos de ácidos omega-3”.

Detección y tratamiento

Los principales factores que determinan los niveles de lípidos –la genética, la nutrición, la actividad física, el peso corporal y el consumo de tabaco– serán controlados por los médicos con objeto de calcular el riesgo estimado de ataque cardíaco o accidente cerebrovascular, ya que la posibilidad de que sucedan estas peligrosas afecciones en el transcurso de la vida del paciente se acrecienta cuando el temido desequilibrio de lípidos ocurre junto a otros problemas de salud.

Seguir hábitos saludables puede reducir los riesgos, incluso en los trastornos lipídicos hereditarios.

“Cuando el riesgo está en el límite, los análisis de sangre o imágenes especiales (como una tomografía computarizada, no invasiva, de calcio de las arterias coronarias) pueden ayudar a determinar el beneficio potencial de comenzar con un medicamento para el colesterol”, aseguran Enrique Puras y Marta Ramírez en un artículo publicado en el blog de Quirónsalud.

Antes de llegar a este momento crítico, lo más recomendable para mejorar los niveles de lípidos y, por tanto, la salud cardiovascular (y cerebral, según acabamos de conocer), será adoptar un nuevo estilo de vida en el que primen la buena nutrición y el ejercicio diario. El tabaco, por supuesto, está prohibidísimo. “Seguir hábitos saludables puede reducir los riesgos, incluso en los trastornos lipídicos hereditarios”, confirman los doctores, quienes recomiendan realizar un seguimiento pormenorizado de los valores de lípidos y otros factores de riesgo, así como trabajar con un equipo clínico si se identifican niveles anormales.

Respecto a la decisión de tomar medicamentos, esta dependerá del consenso entre el paciente y un equipo de atención médica, que tendrá en cuenta factores de riesgo clave, como diabetes, antecedentes familiares, valores de lípidos, presión arterial y enfermedad cardíaca o vascular existente.

“Los medicamentos de primera elección para tratar el LDL se denominan estatinas, que actúan bloqueando un paso de la producción de colesterol en el hígado, lo que ayuda a equilibrar mejor los lípidos. Los beneficios en los pacientes que las necesitan tienden a superar cualquier riesgo”, concluyen los especialistas del servicio de Angiología y Cirugía Vascular del Hospital La Luz, no sin antes sugerir una solución alternativa cuando lo que se necesita es una reducción adicional de LDL, tras haber probado cambios en el estilo de vida y terapia con estatinas y ezetimiba (medicamentos orales que se toman a diario). “Se puede usar un grupo de medicamentos que bloquean una enzima en el hígado, lo que permite que este descomponga más LDL. Los inhibidores de PCSK9 se pueden inyectar en casa y se administran una vez cada dos semanas”.

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