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Año 35. Madrid | Artistas y sedes

Las exposiciones en las diferentes sedes se inaugurarán el próximo 17 de febrero

Noticia Prensa IFEMA G

CASA ÁRABE | Khalil Rabah
La participación de Casa Árabe en Año 35. Madrid es una oportunidad interesante para poner el acento en las relaciones entre el mundo árabe y el mundo occidental. La institución, que abrió sus puertas en 2007, surgió en un momento en el que los países árabes vivían importantes transformaciones sociales mientras en Europa comenzaba a vislumbrarse la crisis económica. Ha sido, por tanto, un lugar de encuentro y debate en torno a los vínculos entre España y el mundo árabe en un periodo de especial incertidumbre.

Aunque también realiza exposiciones y otras actividades relacionadas con el arte y la cultura árabe, buena parte de la actividad de esta institución ha estado centrada desde su creación en cuestiones de orden geopolítico. En ella puede verse un proyecto del artista palestino Khalil Rabah, cuyo cuerpo de trabajo más conocido es el Palestinian Museum of Natural History and Humankind, un proyecto en curso creado en 2003 que tiene como objetivo promover el conocimiento en torno al arte y la cultura de su país natal. La de Rabah es una institución ficticia con diferentes departamentos como el de Geología, Paleontología o Antropología y Botánica. El acervo del museo crece con las sucesivas presentaciones institucionales que realiza el artista, como Bienales o exposiciones en museos de todo el mundo. Así ha ocurrido en bienales como las de Estambul o Venecia o en la reciente exposición individual que le ha dedicado la Kunsthaus de Hamburgo. En Casa Árabe, una nueva producción se sumará a las colecciones del departamento de Antropología y Botánica.

La pieza estará acompañada de otras obras emblemáticas en la carrera de Rabah como las relacionadas con las Líneas Aéreas Palestinas o las pertenecientes a la serie Art Exhibitions, un conjunto de pinturas creado a partir de fotografías de diferentes presentaciones de arte palestino en todo el mundo. Tensiones entre el archivo y la especificidad, la realidad y la ficción o el acervo vernáculo y el mundo globalizado se entreveran en toda la obra de Rabah.


EMBAJADA DE COLOMBIA | Johanna Calle
Colombia, uno de los países latinoamericanos que de un modo más firme está consolidando su escena artística, vuelve a ser protagonista en 2016 tras la espléndida recepción que tuvo en la pasada edición de la ARCO, cuando fue país invitado. El Centro Cultural de la Embajada de Colombia presenta la obra de Johanna Calle, una de las artistas más relevantes del momento. Nacida en Bogotá en 1965, Calle participó con gran éxito en la pasada Bienal de Sao Paulo y es objeto ahora de una muy lograda exposición retrospectiva en el Museo del Banco de la República de la capital colombiana, que lleva la firma de la comisaria española Helena Tatay.

La obra de Johanna Calle tiene un perfil sutil y pausado. Sus obras están realizadas a partir de procesos lentos y cuidados y su práctica tiene un carácter silencioso e íntimo. Esto, sin embargo, debe adscribirse estrictamente a su vertiente formal pues, lejos de versar sobre el silencio, anima a dar voz y visibilidad a una miríada de cuestiones vidriosas y opacas ligadas a la realidad de su país. Una de las series más célebres, Nombre propio, es reveladora de la práctica de la artista, pues consiste en un amplio conjunto de retratos bordados de niños y niñas abandonados en Colombia durante los años noventa, niñas y niños cuyos rostros aparecían en los periódicos que la artista recolectaba ávidamente entre la confusión y el estupor.

La obra de Johanna Calle refleja un compromiso insobornable con su tiempo, que no es sino el momento histórico más delicado de la historia reciente de Colombia. Este compromiso se refleja indisimuladamente en su tratamiento del material y en la insobornable fisicidad que este adquiere, con la que busca perpetuar su apego por la realidad sobre la que se asienta el conjunto de su obra. A los citados bordados se suman los alambres galvanizados y cobre sobre cartón de la serie Imponderables, las fotografías encontradas que la artista rasga con dedicación de la serie Tierra caliente, en las que crea imágenes de árboles, un motivo central en su trabajo, con el que se detiene ante el complejo asunto del territorio y el uso tantas veces fraudulento de la tierra.


ESTUDIOS. TABACALERA | Adriano Amaral
El espacio de Estudios de Tabacalera es una de las salas más interesantes para el ámbito de la intervención y el diálogo con el “lugar” que existen en Madrid. Es un lugar que invita a explorar el trasfondo histórico y la arquitectura, alojados en una inapelable singularidad. La planta de la sala propicia un recorrido en el que se impone lo imprevisible, con una distribución de salas y de espacios que alienta la sorpresa. Se adapta perfectamente a cómo entendemos el concepto de intervención, una forma de diluirse en el espacio para resaltar sutilmente la realidad del lugar.

Los Estudios serán ocupados por el artista brasileño Adriano Amaral. Nacido en 1982, es una de las grandes promesas del arte brasileño. Amaral juega con los accidentes del espacio y los reconfigura, produciendo un efecto de extrañamiento que exige al espectador repensar su posición constantemente. El suyo es un trabajo de leves transformaciones que contrastan también con otras formas de mayor rotundidad que parecen querer emular los elementos arquitectónicos que faltan en el espacio. Las cualidades del espacio de Estudios, con sus duchas, sus lavabos y, sobre todo, con alternancia de espacios iluminados y en penumbra, adquiere, con la intervención de Amaral, un amplio espectro de insólitas atmósferas.

De claro arraigo minimalista en una primera aproximación, la obra de Adriano Amaral refleja, sin embargo, un estudio profundo y metódico de las posibilidades físicas del material que lo sitúan en las antípodas de lo neutro y lo impersonal, pues en las formas realizadas con silicona o en sus texturas líquidas se advierte una poderosa implicación con las propiedades sensoriales de la materia y de sus procesos alquímicos. Hay en la instalación una compleja relación entre imágenes y formas, tensada en el vídeo y en los volúmenes, que parecen invertir su naturaleza, fruto de la rara ambigüedad en la que se definen lo sólido, lo líquido y lo que semeja de todo punto intangible.


MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL | Fina Miralles
La sala de exposiciones temporales del Museo Arqueológico Nacional servirá de escenario para un proyecto que acude a uno de los asuntos más en boga de la práctica curatorial: la reconstrucción histórica. La idea de “desempolvar” un trabajo paradigmático tiene toda la pertinencia en un espacio como este, toda vez que se tratará de resituar esta obra en nuestro presente y de tratar de vislumbrar cuáles son sus orígenes y cuál es su vigencia.

La obra Naturaleses naturals, presentada por vez primera en la barcelonesa Sala Vinçon en 1973, es una de las instalaciones más relevantes de la etapa de juventud de la artista Fina Miralles. Se trata de una gran instalación en la que la artista explora las relaciones entre materiales naturales y materiales artificiales en el marco de las tensiones entre la naturaleza y la acción del ser humano. Miralles planteo su trabajo como un ejercicio perceptivo hacia las singularidades de los elementos naturales y los artificiales, subrayando las evidencias de unos y otras y constatando la ausencia de artificialidad de los primeros y el carácter industrial de los segundos.

La reconstrucción de esta instalación en un Museo Arqueológico se enmarca en las nuevas lecturas que sobre el “arte pobre”, o arte Povera, vienen sucediéndose en la actualidad en los circuitos nacionales e internacionales. La elección de esta obra responde al modo en que Miralles se acerca a la relación que trazamos con el acervo natural, al que simplemente contrapone su reflejo artificial. Cada elemento está presente en sus dos versiones, centrándose la artista en el modo en que los artificiales imitan a los naturales, en “la sustitución del significado decorativo por el valor de la presencia pura del material”, como dijo en su día. Constituye, por tanto, una réplica al arte Povera italiano, pues se centra más en una reflexión empírica sobre la naturaleza y sobre lo que el ser humano produce que en la suerte de estetización de las experiencias en la naturaleza que supuso el movimiento surgido en Italia.


MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA | Rogelio López Cuenca
Rogelio López Cuenca, uno de los artistas españoles más destacados de las últimas décadas, lleva años trabajando en una lectura crítica en torno a la modo en el que el poder proyecta sus imágenes, su “marca”. El malagueño es conocido por sus trabajos en el contexto público, por el estudio mordaz de las irrupciones del interés privado en el ámbito de todos y por la exploración de la ciudad como espacio aglutinador de las tensiones contemporáneas.

Pero Año 35. Madrid no es un proyecto de arte público sino de intervención en el ámbito institucional. Nuestro Museo Nacional de Antropología, singularmente arraigado en la visibilización de sus gestas coloniales, evoca de algún modo el tono celebratorio con que el poder reivindica sus supuestas hazañas o las de sus súbditos, un asunto en el que López Cuenca ha trabajado incansablemente desde hace ya años con una actitud lúdica e incisiva a partes iguales. A este respecto, son bien conocidos sus trabajos en torno a la picassización de su Málaga natal.

En el Museo Nacional de Antropología de la calle Alfonso XII, con sus espacios dedicados a Filipinas, América y África, el artista presenta una intervención que plantea una reformulación de la idea de “otredad” en un lugar en el que los ecos de nuestro pasado colonial reverberan aún con fuerza. Un recorrido por los diferentes niveles de la institución ofrece una miríada de representaciones de cuerpos desnudos, paradigma estético insoslayable de la imaginería en torno al individuo colonizado. La respuesta de López Cuenca a ese canon es una mirada contemporánea que diluye la distancia temporal que nos separa de la época colonial y que, sin embargo, subraya esa otra subalternidad que el trabajo -esa “liberación” con la que se premiaba entonces al sujeto colonizado- mantiene en las sociedades capitalistas.


MUSEO CERRALBO | Oriol Vilanova
El Museo Cerralbo es una de las más célebres Casa-Museos de Madrid. Se encuentra en un edificio que en su día perteneció a Enrique de Aguilera Gamboa, Marqués de Cerralbo, construido en el barrio de Argüelles durante las dos últimas décadas del siglo XIX. El museo se conforma a partir del legado que dejó el marqués al morir en 1922 y lo integra un número ingente de obras de arte, motivos arqueológicos y una miríada inagotable de objetos. El marqués fue un ávido coleccionista cuyo principal deseo fue que su colección permaneciese siempre unida. Este fue la principal condición que puso para su cesión al Estado, algo que demuestra una relación de amor casi irracional con su colección, y este ese el asunto central que el artista Oriol Vilanova pretende explorar mediante su intervención en el museo.

Vilanova es coleccionista también. Desde hace muchos años ha venido reuniendo tarjetas postales que ha adquirido en sus viajes, y buena parte de su obra se concentra en la reflexión en torno la idea de coleccionar y sus implicaciones sociales e institucionales. Su proyecto en el Museo Cerralbo tiene como punto de partida el concepto de amor, la relación entre el coleccionista y su colección. A través de una pieza de sonido (ninguna intervención física en el Museo puede competir con la belleza incomprensible de su contenido), el artista da voz al fantasma del marqués, que acude de nuevo a su hogar, casi un siglo después de su muerte, para reavivar la llama de la relación con su colección. El visitante que recorra las salas y los pasillos del Museo Cerralbo se asomará, no sin cierto extrañamiento, a la proclamación de un sentimiento que trasciende el acervo cultural que desprende el contexto para adentrarse en una exploración de la intimidad. El fantasma recupera motivos y síntomas de la cultura popular del siglo XX que el marqués no pudo vivir y, así, la colección será revisitada desde otros ojos y desde paradigmas culturales diversos.


MUSEO DEL ROMANTICISMO | Fernando García
El Museo del Romanticismo es otro de los espacios emblemáticos de la ciudad, una institución dedicada a un etapa ambigua en la Historia del Arte de nuestro país por la singularidad del periodo histórico en el que se sitúa. El museo plantea un recorrido por el arte en la España del siglo XIX, una aproximación que contrasta con el modo de entender el arte practicado en Europa en la confluencia de los siglos XVIII y XIX. Si en Europa se alentaba la percepción de lo Sublime, en España se consolidaría definitivamente un género que caracterizaría buena parte del arte español en sucesivas décadas: el Costumbrismo y el ideal pintoresco.

En el Museo del Romanticismo se perfila con nitidez un trasunto narrativo e iconográfico singular y muy popular en la época: la figura del bandolero. Fruto de esa inclinación por lo pintoresco, del interés que los viajeros extranjeros forjaron hacia este tipo de imágenes, apareció en Andalucía un grupo de artistas entre los que destacaron José Rodríguez Bécquer o Manuel Barrón, que realizaron un gran número de pinturas adscritas a este género.

El artista madrileño Fernando García viene trabajando desde hace años en torno a una estética que podríamos incluso denominar “castiza”, recurriendo a materiales pobres con los que recoge motivos de nuestra historia artística y literaria. Su proyecto para la sala de exposiciones temporales del Museo del Romanticismo dialogará con esa tendencia costumbrista impulsada por Barrón y otros compañeros andaluces en las décadas centrales de nuestro siglo XIX. La intervención propone una escena ficticia, una interpretación del paisaje andaluz, con sus quebradas orográficas, en el que se adivina el carácter prosaico de sus moradores, y también sus metas. Mientras se asoma al paisaje, presenta también el artista un nítido apego al carácter del espacio que acoge ahora a su trabajo, el del Museo, adaptándose a su naturaleza narrativa y ornamental.


MUSEO NAVAL | Mikel Eskauriaza
Situado en un emplazamiento inmejorable, el Museo Naval es uno de los museos más atractivos de la ciudad y tiene como objetivo la conservación de las colecciones estatales de la Marina española así como su investigación y su divulgación. La historia de la Marina Española está íntimamente ligada a nuestro pasado colonial, al Descubrimiento y a la defensa de sus posesiones en diferentes partes del mundo. Esta historia ha deparado narrativas de corte épico que ponían el acento en las grandes epopeyas y heroicidades de nuestros marinos en las sucesivas batallas.

El signo de los tiempos nos permite asomarnos hoy a otra forma de entender la actividad en el mar. Las gestas coloniales han dado paso a practicas y procesos ligados a la geopolítica, a los usos del mar en términos comerciales o a los movimientos migratorios. Este es el caso del artista vizcaíno Mikel Eskauriaza, que ha venido trabajando en los últimos años en un ambicioso proyecto fotográfico titulado Baporak (“vapor” en Euskera, el nombre con el que los marineros de Bermeo todavía utilizan para nombrar a sus barcos) en el que da cuenta de una temática similar. El artista ha explorado la flota de atuneros vascos que operan en mares internacionales. Eskauriaza ha hecho un análisis de las embarcaciones evocando las tipologías de los pintores de marinas (pinturas en las que el mar comprende dos tercios de la superficie pintada y con la embarcación vista desde una rigurosa perspectiva lateral) y el resultado es una interesante revisión del género desde un contexto contemporáneo, el citado escenario comercial y geopolítico de nuestros días.

Es interesante el modo en que Eskauriaza quiere hermanar la tradición de grandes navegantes del País Vasco, una tradición que va desde Juan Sebastián Elcano hasta Blas de Lezo, con esa otra relacionada con la pesca, con los atuneros del Índico y con las vicisitudes a las que tienen que enfrentarse hoy en día, que no son muy diferentes a las de antaño, como la exposición a la piratería.

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