ARCO2045: El futuro, por ahora
Comisariado por Magali Arriola y José Luis Blondet
Siempre que una persona me habla del tiempo, tengo la absoluta seguridad de que quiere dar a entender otra cosa, decía un personaje de Oscar Wilde.
Un par de siglos después, David Lynch comenzó a publicar a diario videos breves con el reporte del clima en Los Ángeles: cielos azules con temperaturas variables e invariablemente, cerraba deseándonos un gran día.
En el episodio del 21 de agosto de 2020, Lynch reporta nubes bajas y aclara que lleva lentes oscuros porque el futuro que ve es brillante y luminoso. Toda predicción resulta volátil y es mejor escucharla con cautela meteorológica. Esta muestra persigue el optimismo paradójico del cineasta y el carácter inmediato, subjetivo e inestable del futuro y sus reportes. Sugiere, también, que el porvenir quizás es una memoria reciente, un destello en una espada siempre de doble filo. Al menos por ahora, como precisa, con un láser estridente, la obra de Nicole Miller.
La muestra propone el déjà-vu como estrategia para conectar dos espacios de la feria desde los cuales rebotan pequeñas puestas en escena, aparentes repeticiones, anticipaciones, profecías que nadie cree y alguna que otra nostalgia. La obra de Dave McKenzie —un pedestal que exhibe diariamente un periódico de ayer— encarna esta experiencia de manera cristalina. Desde esta premisa será difícil recorrer El futuro… sin encontrar los ojos-paisajes, ojos-personajes, ciegos y visionarios, del maestro Rodolfo Abularach, desplegados en ambos pabellones.
Las obras de Barbara Bloom se despliegan como escenografías sin actores, dispositivos sin fotógrafo, capturando retratos suspendidos entre la anticipación y la memoria. Esta superposición de temporalidades reaparece en las pinturas de Paulina Olovska, quien rescata la mirada intimista y femenina de la fotógrafa de moda Deborah Turbeville frente a la virilidad dominante de contemporáneos como Helmut Newton. Coincidentemente, Sylvie Selig fue asistente del fotógrafo alemán antes de dedicarse por completo a la escenografía y a las artes plásticas. Su teatralidad desborda en las pinturas, esculturas y maniquíes que a menudo evocan escenas y personajes cargados de deseo y violencia, con cierto aire victoriano.
Las formas industriales y orgánicas que combina June Crespo en sus esculturas aluden también al cuerpo fragmentado, despojado de todo andamiaje narrativo. Los cuerpos fracturados de Heike Kabish y el conjunto de cerámicas de Milena Múzquiz anteponen su hibridez y sus blanduras a las formas rigurosas de Crespo. Las esculturas de estas artistas comparten un carácter ominoso que no es evidente en un primer encuentro.
Akira Ikezoe recurre al humor para construir en sus pinturas diagramas de una lógica implacable y absurda que narran las curiosas visitas de los Coconut Heads a tres museos de Nueva York. Thomas Hirschhorn nos reta a calibrar el pasado mediante provocadores guiños al potencial empoderador del arte. Mirar atrás, y más atrás aún, para construirse un linaje propio es central en la obra de Patricia Fernández, quien enmarca, literalmente, grabados de Francisco de Goya con madera tallada por su abuelo y por ella misma, trastocando la historia del arte en un álbum familiar. Este juego de apropiación tiene ecos más crudos en las escenas alimenticias de Candice Lin: descuartizamientos, cenas familiares con la cabeza de Henry Kissinger e incluso dibujos comestibles que amplifican el contexto comercial de las ferias de arte.
A estas mismas economías depredadoras se refieren las obras de Liv Schulman y Alessandro Balteo Yazbeck. Los Hombres argentinos de las series La depresión y La deuda, de Schulman, establecen, según la artista, «un diálogo sobre el devenir de la deuda nacional, la depresión como moneda de cambio y una cierta teatralidad que permite pensar la artesanía —tarea históricamente feminizada— como un posible corrector de modelos perdedores». El último barril de petróleo, de Balteo Yazbeck, es una escultura en miniatura producida como edición no numerada e indeterminada, cuya fecha de realización ha sido deliberadamente pospuesta por el artista. Esta imagen de souvenir de un país petrolero adquiere otra dimensión en relación con la obra de Ali Eyal, que parte de recuerdos de su infancia en Bagdad, sitiada por las operaciones militares de los Estados Unidos en Irak en la década de 1990 y principios del siglo xxi. Las pinturas de José Luis Sánchez Rull también aluden a la tensión entre trauma y memoria, ahí donde texto e imagen se vuelven una forma de exorcismo y performance de sobrevivencia. Roi Soleil (Rey Sol), la videoinstalación de Albert Serra, recrea la agonía interminable de Luis XIV, señor del absolutismo y alegoría de la decadencia que resuena especialmente en estos tiempos, marcados por el auge del autoritarismo.
Desde este entramado de obras y discursos, tan promisorio y poco fiable como el reporte del tiempo, el futuro aparece como un escenario bañado con luz tenue y voluble, como Lightbound de Allora & Calzadilla. Inspiradas en la capacidad de las lianas de la selva tropical para adaptarse a su entorno mientras trepan en busca de luz, estas piezas en vidrio soplado entrelazadas con fibra óptica exploran vínculos con la naturaleza y la tecnología. Sus pulsaciones responden a la carga energética de la ciudad y transmiten a la vez la lógica sensorial y colaborativa entre especies —entre ellas, la nuestra—, vislumbrando una forma de resistencia que se construye lenta y cotidianamente.
¡Que tengan un gran día!
Magali Arriola y José Luis Blondet