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¿Qué hacer con el “desperdicio humano”?

Blanca Fernández-Galiano
Blanca Fernández-Galiano es Coach y Terapeuta Humanista, Experta en Acompañamiento en Duelo

No hace mucho, hablando sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), salió en la conversación: ¿qué hacer con el desperdicio humano? Dicho así, el impacto es muy fuerte, porque no se hablaba del talento que se desperdicia en algunas organizaciones, sino de “personas” que se desperdician y que se pierden definitivamente para aquello en lo que aportan valor.

El Consejo de Ministros ha aprobado recientemente el proyecto de Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario, normativa concebida para producir una drástica reducción del desecho de alimentos sin consumir que acaba en la basura y fomentar un mejor aprovechamiento de los mismos. De esta manera, el Gobierno ratifica su compromiso con el cumplimiento de los ODS de la Agenda 2030 de Naciones Unidas, en concreto el objetivo 12.3: evitar el desperdicio.

Me pregunto si el Objetivo 10, que busca reducir las desigualdades, entre ellas, la de la edad, contemplará a los silver que han sido excluidos del mercado laboral por la única razón de haber traspasado la barrera de los 50, 60 o 70 años.

Hay estudios que afirman que el cerebro humano reacciona de la misma forma cuando se produce una herida física que cuando una persona sufre exclusión social

Ser excluidos del mercado laboral es, en cierto modo, ser descartados de la sociedad, como si de un residuo se tratara, cuya definición es: aquello que queda después de haber escogido lo mejor y más útil de algo. Las personas así tratadas, es fácil que generen el llamado “sentimiento de exclusión”, que puede llegar a desencadenar una gran frustración y tristeza, afectando a todas las esferas de nuestras vidas. Hay estudios que afirman que el cerebro humano reacciona de la misma forma cuando se produce una herida física que cuando una persona sufre exclusión social.

Como seres sociales que somos, el sentido de pertenencia es uno de los valores que más nos conecta con los demás, pues conlleva formar parte de un grupo de personas que nos aprecia y que quiere compartir con nosotros sus vidas, haciéndonos sentir importantes. Buscamos que la tribu, es decir, la sociedad, nos acepte y que no nos rechace.

Válidos vs. valiosos

Pablo Herreros, en su libro “Yo, mono” (Ed. Destino), dice que “ser excluido de manera sistemática provoca una falta de integración que conduce a la búsqueda desesperada de un espacio social en el que seamos aceptados, aunque sea en grupos tóxicos”. En este sentido, me gusta mucho la iniciativa de espacios como Vida Silver donde los Baby Boomer nos sintamos apreciados y valiosos.

Richard G. Erskine, Director del Instituto de Psicoterapia Integrativa de Nueva York, por su parte, menciona como esenciales dos necesidades relacionales que tienen que ver con el sentimiento de exclusión: la necesidad de validación o de sentirse importante para otra persona, independientemente de nuestros pensamientos, sentimientos y nuestra situación, y la necesidad de generar impacto, es decir, la capacidad de influenciar en otra persona, que lo que digamos o hagamos, sea importante para ella.

Tenemos tan asociada la percepción de “ser valioso” con “ser válido” que nos resulta muy difícil desvincularla. Eso hace que cuando pensamos que no somos válidos, que “el Grupo” no nos quiere y prescinde de nosotros, nos sintamos que no somos dignos ni adecuados, generándonos soledad, rechazo y ostracismo, lo que, sin duda, afecta a nuestro mundo emocional.

La relación terapéutica que se establece entre cliente y terapeuta ayuda a cubrir esas necesidades relacionales de las que habla Erskine, pues posiciona al terapeuta en posición de protección, de sintonía y empatía con respecto al cliente, favoreciendo la satisfacción de dichas necesidades, como son, la de seguridad, validación, confianza, reciprocidad y dar y recibir afecto.

No podemos permitirnos desperdiciar ni una sola persona con la experiencia, la sabiduría y las habilidades humanas con las que cuenta la generación silver.

Volviendo al inicio del artículo, a mí, particularmente, me gustaría que tanto los Gobiernos como la Sociedad reflexionásemos sobre este desperdicio humano. Hablamos de reciclar todo tipo de productos para transformarlos y convertirlos en nuevos productos, sin embargo, nos olvidamos de las personas. Naturalmente que son incomparables, pues jamás se me ocurriría considerar a una persona como un producto, pero sí me llama la atención que dediquemos tantos esfuerzos a dar una nueva oportunidad a las materias y no se la demos a las personas. Creo que, como sociedad, no podemos permitirnos desperdiciar ni una sola persona con la experiencia, la sabiduría y las habilidades humanas con las que cuenta la generación silver. Su bagaje es tan valioso como su propia persona.

Blanca Fernández-Galiano es Coach y Terapeuta Humanista, Experta en Acompañamiento en Duelo

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