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Fecha de publicación
10 febrero 2026

La revolución silenciosa. Animales de compañía, vínculo inter-especie y el nuevo cambio social

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9 min.
ES Español
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En los últimos años, pocas transformaciones sociales han sido tan silenciosas y a la vez tan profundas como la que afecta a nuestra relación con los animales de compañía. Lo que durante siglos se consideró un asunto doméstico, privado y sentimental se ha convertido en un fenómeno de alcance público, con implicaciones éticas, culturales, psicológicas y sociales.

Casi la mitad de los hogares españoles conviven con un animal, y ocho de cada diez ciudadanos los consideran miembros de la familia. Hablamos de un cambio cultural que está redefiniendo cómo entendemos la familia, la convivencia y, en definitiva, la propia sociedad.

El vínculo humano-animal, antes relegado a lo anecdótico, emerge con fuerza como un hecho social que interpela a la filosofía, al derecho y a la política, pero también a la vida cotidiana de millones de personas.

Esta transformación no es repentina. Tiene raíces profundas que se remontan a los inicios de la domesticación. Perros y gatos acompañan a la humanidad desde hace miles de años, aunque durante mucho tiempo, la relación fue utilitaria. Sin embargo, incluso en esos usos funcionales, ya existía un componente de vínculo afectivo, que se ha ido intensificando a lo largo de los siglos.

El pensamiento moderno, sin embargo, retrasó ese reconocimiento. René Descartes, en el siglo XVII, describió a los animales como autómatas, máquinas biológicas sin conciencia ni emociones. Esa visión, extendida durante siglos, sirvió para justificar un trato instrumental: si los animales carecían de experiencia subjetiva, no había dilema moral en explotarlos. La ética quedaba reservada al ámbito humano, y la frontera entre “nosotros” y “ellos” parecía infranqueable.

La Ilustración comenzó a resquebrajar esa idea. Jeremy Bentham, filósofo utilitarista, lanzó la pregunta que cambiaría el debate para siempre: “La cuestión no es si los animales pueden razonar o hablar, sino si pueden sufrir.” De un plumazo, desplazó el foco desde la razón y el lenguaje hacia la capacidad de experimentar dolor. Si los animales podían sufrir, entonces había que considerar sus intereses.

La empatía y la justicia ya no podían limitarse a la especie humana.

El siglo XX consolidó esta reflexión. Peter Singer defendió, en Liberación animal (1975), que el sufrimiento animal debía contar igual que el humano en el cálculo moral. Tom Regan sostuvo en The Case for Animal Rights (1983) que los animales son sujetos de vida, con derechos propios, más allá de la utilidad que tengan para los humanos. Martha Nussbaum, en la primera década del siglo XXI, propuso una teoría de la justicia que incluye a los animales como seres con capacidades que pueden florecer o frustrarse. De repente, el vínculo humano-animal dejó de ser una cuestión privada y se convirtió en un tema de justicia y de moralidad pública.

A la filosofía se sumó la ciencia. En 2012, la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, firmada por neurocientíficos de prestigio internacional, afirmó que los animales no humanos poseen estados de conciencia y emociones. Que no puedan expresarlos en lenguaje humano no significa que no los tengan. Fue la confirmación científica de lo que millones de personas ya intuían en su vida diaria: que sus animales sienten, sufren, disfrutan y se relacionan de forma compleja.

Mientras tanto, la sociedad española experimentaba su propio cambio. Hoy, el 49% de los hogares conviven con animales de compañía. Y lo más relevante: ocho de cada diez ciudadanos los consideran parte de la familia. Este reconocimiento trasciende el plano privado. Implica que los animales participan en las dinámicas familiares, que influyen en decisiones cotidianas y que forman parte de nuestras redes afectivas y sociales. El lenguaje lo refleja: cada vez más se habla de “compañeros” o “miembros de la familia” en lugar de “propiedad”.

Las encuestas también muestran que la ciudadanía reconoce en los animales emociones comparables a las humanas: miedo, alegría, fidelidad, empatía. Donde persiste cierta distancia es en el reconocimiento de sus capacidades cognitivas más abstractas. Pero incluso con esa diferencia, la percepción social ha cambiado de manera irreversible. El vínculo humano-animal es hoy un valor cultural mayoritario.

Ese vínculo tiene, además, consecuencias concretas y medibles. La psicología ha demostrado que los animales de compañía pueden convertirse en figuras de apego, proporcionando seguridad, consuelo y compañía. John Bowlby formuló la teoría del apego para explicar cómo los vínculos afectivos son esenciales en el desarrollo humano.

Hoy sabemos que ese apego puede extenderse también a los animales. Para muchas personas, convivir con un perro o un gato genera el mismo tipo de seguridad emocional que las relaciones humanas más cercanas.

En términos fisiológicos, la interacción con animales reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y aumenta la oxitocina, vinculada al bienestar y la confianza. Diversos estudios han mostrado que convivir con animales disminuye la ansiedad y la depresión, incrementa la resiliencia en situaciones de duelo y favorece la actividad física diaria. En otras palabras, los animales mejoran nuestra salud mental y física de manera tangible.

Sabemos que, en la infancia, la convivencia con animales se traduce en mayor empatía y responsabilidad. Programas escolares que integran la interacción con perros han mostrado mejoras en la autoestima y en la capacidad de socialización de los niños. En algunos casos, se han implementado programas de lectura asistida, donde los menores leen en voz alta a un perro, reduciendo la ansiedad y reforzando la confianza. Lejos de ser anecdóticos, estos programas han demostrado resultados medibles en el rendimiento escolar.

Además, en la vejez, los animales ayudan a combatir la soledad no deseada, un problema creciente en España. Las personas mayores que conviven con animales reportan niveles más altos de satisfacción vital y menos sentimientos de aislamiento. El vínculo, en estos casos, se convierte en un factor de bienestar, pero también en un espacio donde se evidencian las carencias institucionales.

El vínculo humano-animal también aparece en contextos de vulnerabilidad social. Muchas personas sin hogar conviven con animales que representan su única red de apoyo emocional. Para ellas, un perro es compañía, seguridad y dignidad. Sin embargo, los recursos de alojamiento temporal suelen prohibir el acceso con animales, lo que perpetúa la exclusión. Elegir entre un techo y un compañero vital es una disyuntiva inaceptable que muestra hasta qué punto nuestras políticas no han incorporado todavía este vínculo en su diseño.

Se estima que más de la mitad de las mujeres que conviven con animales han retrasado la decisión de abandonar un hogar violento por miedo a dejarlos atrás. Los agresores utilizan a los animales como instrumento de control, conscientes del vínculo emocional que los une a las víctimas. Aquí, el vínculo humano-animal no es un detalle secundario, sino un factor que condiciona decisiones vitales. Incluir a los animales en los protocolos de protección integral no es un gesto sentimental, es una medida de seguridad para la víctima.

Estos ejemplos muestran con claridad que el vínculo humano-animal no es un tema menor. Está presente en la salud pública, en la educación, en la igualdad de género, en la vivienda y en la cohesión social. Refleja valores y prioridades colectivas. Una sociedad que reconoce y protege este vínculo es una sociedad que se preocupa por los más vulnerables, humanos y no humanos.

El marco jurídico español ha comenzado a dar pasos en esta dirección. La reforma del Código Civil de 2021 reconoció a los animales como seres sintientes. Este cambio de paradigma no es menor, sino que refleja un cambio cultural profundo que se traduce en normas. También la Ley de bienestar animal nos ha dejado algunos ejemplos que van más allá del derecho animal, como sentencias que inician el reconocimiento de derechos laborales para asistir a las obligaciones fundamentales e ineludibles respecto a la tenencia de animales de compañía o los nuevos planteamientos en cuestiones de transporte público y protocolos de emergencia.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿cómo transformar el reconocimiento social y jurídico en políticas reales que protejan y desarrollen el vínculo humano-animal? La respuesta pasa por dejar de tratarlas como políticas menores y comenzar a diseñarlas como políticas públicas auténticas e integradoras. Esto implica financiación estable, formación obligatoria para profesionales, creación de equipos multidisciplinares e indicadores claros de evaluación. Significa también integrar el vínculo en todas las áreas: salud, educación, vivienda, servicios sociales y seguridad ciudadana.

No se trata de un programa utópico. Hay medidas que pueden aplicarse de inmediato. Programas de acompañamiento para mayores que garanticen la continuidad del vínculo en situaciones de dependencia. Protocolos en violencia de género que incluyan a los animales en los recursos de acogida. Viviendas sociales que no excluyan a quienes conviven con animales. Escuelas que incorporen la empatía hacia ellos en su currículo o centros sanitarios que reconozcan su valor terapéutico. Hay mucho por hacer.

Estas acciones no son solo en beneficio de los animales. Son medidas que mejoran la salud mental, la cohesión social y la justicia. Proteger el vínculo humano-animal es proteger un aspecto esencial de la vida comunitaria.

El vínculo humano-animal es un espejo de la sociedad. Muestra hasta qué punto somos capaces de reconocer la vulnerabilidad, de practicar la empatía y de construir comunidades basadas en el cuidado mutuo. Tratarlo como un asunto secundario es desperdiciar una oportunidad de transformación inigualable, porque cuidar de los animales con los que convivimos es, al mismo tiempo, cuidarnos a nosotros mismos como sociedad.

Autora: Ruth Manzanares, especialista en políticas públicas de protección animal. Investigadora en las relaciones inter-especie.