¿Por qué la economía colaborativa puede aliviar el bolsillo y mejorar nuestra vida social?

Economía colaborativa mejora vida social
El componente humano es clave en la economía colaborativa offline. @iStock

En marzo de 2011, un artículo de Time señalaba la economía colaborativa como una de las diez ideas que cambiarían el mundo. No, no ha hecho saltar por los aires el capitalismo, como auguraban, pero sí que ha provocado un cambio fundamental en el sentido de la propiedad, en la manera de consumir y… hasta en las relaciones personales.

“La opción inteligente hoy en día: no poseer. Compartir”. Hace diez años, el periodista Bryan Walsh titulaba así un artículo de la influyente revista inglesa Time, en el que aseguraba que “los jóvenes están marcando el camino hacia una forma diferente de consumo, un consumo colaborativo”. En el texto, recogía el testigo que en 2008 había lanzado Lawrence Lessig, inventor de Creative Commons y uno de los líderes del movimiento copyleft, quien, aplicando este concepto a las transacciones comerciales, ya se refería al sharing economy en su libro Remix. Paralelamente, surgían plataformas como Aibnb, en 2008, o Uber, un año después, cuyo patrón de éxito han intentado emular, durante estos últimos años, no pocos emprendedores.

Aunque este modelo de intercambio basado en el peer-to-peer (de igual a igual) “siempre ha existido”, cono recuerda José Luis Zimmermann, director general de la Asociación Española de la Economía Digital (Adigital) y portavoz de Sharing España, colectivo que reúne a empresas como BlaBlaCar, Deliberry, Malt o las mismísimas Aibnb y Uber, entre otras. Eso sí, la anterior crisis, de 2008, fue, sin duda, el detonante para que, de manera renovada, modelos económicos se implantaran en el mercado –“con cierta fricción por competencia desleal”, precisa Zimmermann–, permitiendo “por un lado, reducir los costes de transacción y, por otro, que algunas personas tuvieran ingresos en una coyuntura complicada”.

Apps online consumo colaborativo
Plataformas como Airbnb y Uber se basan en consumo colaborativo. @iStock

España, líder en ‘la economía de intercambio’

Hasta tal punto se han consolidado, que hace un par de año la consultora PWC calculó que en 2025 esta forma de consumo podría generar un mercado global de 570.000 millones de dólares, siendo, curiosamente, España un país líder en la Unión Europea en número empresas de economía colaborativa, con más de 400, según un informe de 2018 de la Universitat de Barcelona y la OBS Business School. Muchas de ellas con un potencial sin duda enorme. Sirva un dato: plataformas como HomeExchange han visto en solo tres años aumentar en más de un 135% su oferta de casas en nuestro país.

Compartir y alquilar más significa producir y desperdiciar menos, algo bueno para el planeta y para la idea que uno tiene de sí mismo.

Pero… ¿qué propone exactamente esta también llamada “economía de intercambio”? Su modelo se basa, como apuntan los expertos de EAE Business School, en una “colaboración mutua”: alguien tiene algo que otro necesita.  Además, se asienta en un modelo sostenible, en la línea de lo que ya apuntaba hace una década Bryan Walsh: “Compartir y alquilar más significa producir y desperdiciar menos, algo bueno para el planeta y para la idea que uno tiene de sí mismo […], una nueva manera de ubicarte frente al mundo”, según dichos expertos.

Elementos que, de alguna manera, amplió Adigital en su estudio Los modelos colaborativos y bajo demanda en plataformas digitales, que publicó hace tres años, y donde afirmaba que “la capacidad ociosa de los bienes y la existencia de un bien infrautilizado resulta fundamental en los modelos de consumo colaborativo”. Además, dicha asociación identificaba otras claves que definen estos fenómenos, como la creación de comunidades de usuarios y el uso de sistemas de reputación que plantean, herramientas que favorecen el empoderamiento del consumidor y usuario. Y es que, sin duda, los nuevos consumidores quieren tener el control de lo que consumen, dejando de ser “víctimas pasivas del hiperconsumo”, como aseguraba Blake Morgan, autora de The Customer of the Future.

Bancos del tiempo y grupos de consumo

Sí, es cierto que “el uso de la tecnología ha sido fundamental en el auge de la economía colaborativa”, pero otras formas de este tipo de consumo, que no basan necesariamente su modelo en plataformas digitales, también se han implantado de manera notable, como señala el estudio de Adigital: “Los bancos del tiempo, los grupos de consumo, los huertos urbanos, los espacios makers, fablabs o los coworkings son claros ejemplos de esta economía colaborativa offline”.

Economía colaborativa offline
Ejemplo de economía colaborativa offline. @iStock

“El intercambio entre iguales implica el resurgimiento de la comunidad”. Así lo recogía la ideóloga de la economía colaborativa, Rachel Botsman, en su libro What’s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative, aludiendo a un componente humano de esta forma de consumo que también destaca José Angel García Tomas, fundador de Economía Plateada, plataforma dedicada a la Silver Economy en España.

En el colectivo sénior, el único inconveniente para lograr la interacción es la falta de cultura digital.

Como socio de esta plataforma colaborativa Ixuxuxuu, García Tomas piensa que el ejemplo de estos modelos puede, además, “evitar la soledad y ayudar a solucionar el problema de integración de muchas personas mayores”, siempre y cuando se puedan implementar las consabidas herramientas digitales. Y es que este experto en emprendimiento piensa que “en el colectivo sénior, el único inconveniente para lograr la interacción es la falta de cultura digital”, aunque prevé que se supere en tres o cinco años y estos modelos consigan explotar. Otro modelo similar es el de la comunidad que Vida Silver también implementó desde su arranque en diciembre de 2020.