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Cuando la soledad es la verdadera enfermedad

Hombre edad Silver soledad
La soledad provoca un deterioro físico y mental, y afecta a 850.000 personas de más de 80 años en España. @iStock

Uno de cada diez españoles vive solo, de los que el 42,5% son mayores de 65 años. La soledad es un mal instalado en nuestra sociedad que provoca deterioro físico y mental. En países como Reino Unido, incluso hay un ministerio que lucha contra esta otra pandemia.

Hagamos un viaje al mundo prepandémico. A una sala de espera de un hospital cualquiera, en una consulta cualquiera. Cardiología, dermatología, estomatología, médico de cabecera… La mayoría de los pacientes que esperan son personas mayores, pero algunos de ellos, demasiados, no están ahí porque tengan enfermedades inevitables asociadas a la edad, sino por soledad. Según una encuesta inglesa, el 90% de los mil médicos encuestados consideraba que algunos pacientes acudían porque estaban solos, y el 14 % estimó que estaban viendo a seis o más pacientes al día por esta razón. Ir a un hospital para poder conversar con alguien o sentirse escuchado expone la gravedad de la carencia emocional extrema que soportan algunos de nuestros mayores.

Ha hecho falta una feroz pandemia sanitaria, ruidosa y necesariamente mediática, para despertar en nuestras sociedades una conciencia sobre esta otra terrible pandemia más silenciosa y callada, pero igualmente dura y dramática, que lleva años ahí: la soledad. Hoy hay más gente sola, y que se siente sola, más que nunca.

Con la soledad crónica aumenta el riesgo de que una persona sufra una enfermedad cardíaca y un derrame cerebral.

En concreto en España uno de cada 10 españoles vive sin compañía humana. De ahí que casi cinco millones de personas hayan afrontado en total soledad el confinamiento. Casi la mitad de estos hogares unipersonales (el 42,5% según el Instituto Nacional de Estadística) están habitados por personas mayores de 65 años. En su mayoría mujeres: 1,4 millones frente a 0,6 millones de hombres. Más de 850.000 tienen 80 o más años.

Recordemos que cada vez vivimos más tiempo. Personas que no han tenido descendencia (una realidad cada vez más común), el fallecimiento de seres queridos, la separación geográfica de la familia, el individualismo de ciudades mega pobladas en las que se ha perdido el sentido de comunidad… Hay múltiples causas, y todavía pocos remedios.

La soledad
Uno de cada diez españoles vive solo, de los que el 42,5% son mayores de 65 años; esto tuvo consecuencias psíquicas en el confinamiento. @iStock

La soledad crónica, peor que fumar

Aunque el despertar social a esta realidad está ahí, aún no somos conscientes de la magnitud de problemas que la soledad crónica (recurrente, que no es lo mismo que experimentarla de manera puntual, algo normal y muy humano) lleva consigo. Las personas que se encuentran inesperadamente solas debido a la muerte de un cónyuge o pareja, la separación de amigos o familiares, la jubilación no planificada, la pérdida de movilidad y la falta de transporte corren un riesgo particular.

Con la soledad crónica aumenta el riesgo de que una persona sufra una enfermedad cardíaca y un derrame cerebral. También se asocia a un mayor riesgo de depresión, aumento del consumo de alcohol, ansiedad y peor calidad del sueño. Aumenta la tristeza y baja la autoestima de la persona, por lo que ésta sale menos, se retrotrae, desciende su ilusión por hacer cosas (su actividad) lo cual agrava su deterioro físico. Pongámoslo de manera gráfica: según cálculos de la Academia Americana de Psicología la soledad podría llegar a ser tan dañina como fumar 15 cigarrillos al día. Y por tanto, hay un 14% de mayor riesgo de fallecer prematuramente y el doble de riesgo de morir que una persona obesa. Así que efectivamente, la soledad crónica mata. Literalmente a quien la padece, y como concepto de sociedad de bienestar, al resto.

Una responsabilidad individual y colectiva

Es importante aclarar que no es lo mismo vivir solo, un fenómeno en expansión y, además, preferido por muchas personas mayores que escogen disfrutar de mayor libertad y autonomía, que sentirse solo y/o estar socialmente aislado (invisibilidad). Culturalmente el concepto de soledad también varía, siendo muy diferente según los países. Por ejemplo, según un artículo publicado en la Revista Española de Geriatría y Gerontología, hace unos años una persona que vivía sola y con buen estado de salud en España era cinco veces más probable que se sintiera sola (45%) que alguien en la misma situación en Suecia (9%). La cifra va evolucionando en función de cómo nos vamos adaptando a los nuevos modelos de vida, pero cada estado debe pensar en fórmulas adecuadas al sentir emocional y a la sensibilidad concreta de su ciudadanía. Teniendo en cuenta, además, otra complejidad: que lo que funciona para una persona no es necesariamente la respuesta para otra.

Como especie social, somos responsables de ayudar a nuestros hijos solitarios, padres, vecinos e incluso extraños de la misma manera que nos trataríamos a nosotros mismos.

Para algunos el enfoque está en ayudarles a (re)construir su autoconfianza y autoestima para que recuperen independencia así como el deseo de sociabilizar y abrirse de nuevo a la vida. Ilusión. Para otros tiene más que ver con abordar problemas físicos y, para otros, reside en poder superar barreras financieras. Todo se reduce a los básicos humanos: querer ver, estar atentos a nuestros padres, abuelos, parientes lejanos, pacientes, clientes, vecinos… (que podríamos ser dentro de unos años nosotros mismos), preguntar y saber escuchar. En el interés y la conversación está la clave.

Esto es algo que saben muy bien en Age UK, la mayor organización benéfica de Inglaterra focalizada en erradicar la soledad entre sus mayores, y cuya larga experiencia ha demostrado que son los pequeños gestos –básicos, sencillos, humanos– los que pueden cambiar a mejor el mundo.

Por ejemplo, una pequeña charla durante un viaje en transporte público o una sonrisa de un extraño ayudó a sentirse menos solos a un 88% de personas (encuesta británica de YouGov). ¿Cuántas veces sonreímos a personas que no conocemos? ¿Damos conversación a otras personas en el ascensor, en la famosa sala de espera del médico…? No es que esto solucione el problema estructural de la soledad, por supuesto, pero cada uno de nosotros podemos responsabilizarnos –con tan poco– de hacer sentir mejor a alguien, mientras trabajamos en acciones sociales de mayor envergadura: cohouses, escuelas mixtas de edad o incluso un Ministerio de la Soledad, como el que tienen en Inglaterra (sin duda un país referente al que mirar pues la soledad afecta a 13,7% de su población total, algo de lo que son muy conscientes).

Las personas a menudo eligen estar solos, pero no eligen la soledad: sensación de no tener a nadie con quien hablar ni que realmente te entienda.

Como dijo el Dr. John T. Cacioppo (Director del Centro de Neurociencia Cognitiva y Social de la Universidad de Chicago), y uno de los mejores investigadores en estos temas: “Como especie social, somos responsables de ayudar a nuestros hijos solitarios, padres, vecinos e incluso extraños de la misma manera que nos trataríamos a nosotros mismos. Tratar la soledad es nuestra responsabilidad colectiva”.

Los jóvenes también están solos

El Experimento de la Soledad, llevado a cabo por la BBC en colaboración con investigadores de la Universidad de Manchester, la Universidad Brunel de Londres y la Universidad de Exeter preguntó a más de 55.000 personas de todo el mundo cuestiones como ¿qué cualidades buscas en un amigo?, ¿qué significa la soledad para ti? o ¿qué crees que podrían hacer las personas solitarias para sentirse mejor? También se les preguntó sobre el uso de la tecnología y su estilo de vida. Algunas de sus conclusiones resultan sorprendentes, contra todo pronóstico.

  1. Los jóvenes son quienes más sufren de soledad. El 40% de los jóvenes de 16 a 24 años dice sentirse solo, en comparación con solo el 27% de los mayores de 75 años. Coincide con una encuesta realizada en los EE UU por la aseguradora Cigna, según la cual la Generación Z (nacidos desde mediados de los 90 hasta mediados de los 2000) reportó las tasas más altas de soledad en comparación con otros grupos de edad.
  2. No es falta de habilidades sociales. La soledad conlleva un estigma: a las personas no nos gusta admitir que nos sentimos solos por miedo a que los demás piensen que tenemos “algo malo”.
  3. En muchos casos, la soledad es solo un estado temporal. Sin embargo, el 31% de los encuestados que dijeron “sentirse solos” estuvieron de acuerdo en cuán debilitante es este sentimiento. Las personas a menudo eligen estar solos, pero no eligen la soledad: sensación de no tener a nadie con quien hablar ni que realmente te entienda.

Ikigai y Yui-Maru, cómo vivir mejor

Las investigaciones del ya mencionado Dr. Cacioppo también descubrieron que las personas que participan en actividades significativas y productivas con otras personas tienden a vivir más tiempo, mejoran su estado de ánimo y les ayuda a tener un propósito. En definitiva, las actividades sociales nos permite mantener el bienestar y mejorar la función cognitiva: perfecto antídoto contra la soledad.

Realizar actividades en sociedad es beneficioso para la salud
Las personas que hacen actividades junto a otras tienden a vivir más tiempo y mejoran su estado de ánimo. @iStock

Probablemente una sonrisa indulgente les nacería a los habitantes de Ogimi, al norte del archipiélago de Okinawa (Japón), “la aldea de los centenarios”, si leyeran este reportaje. Y es que este lugar que tiene el honor de ser la localidad con el mayor índice de longevidad del mundo. De la cantidad de investigaciones que se han hecho al respecto las conclusiones coinciden en que parte importante de la salud y longevidad activa de sus habitantes se debe a su actitud ikigai ante la vida, lo cual les procura un sentido profundo de existencia a cada uno de sus días.

¿Y qué es un ikigai? Una “razón de ser”, un sentido, un propósito. En Ogimi los mayores están siempre ocupados pero con tareas diversas, que también son relajantes. Como cuidar el huerto, o cuidar de la comunidad, o enseñar en las escuelas de los niños… El ikigai es algo que impregna todo de manera transversal. Se busca la felicidad no solamente en beneficio propio sino desde el sentimiento de ser útiles a la comunidad. Es lo que allí denominan yui-maru o “espíritu de cooperación mutua”. No solo se ayudan en labores del campo, o la plantación de flores sino también a la hora de construir una casa o de prestarse voluntarios en servicios públicos. Un yui-maru que llevan a cabo a través del moai, grupo informal de gente con intereses comunes que se ayudan entre sí.

Todo indica que el sentimiento de pertenencia y ayuda mutua aporta seguridad y nos hace vivir mejor; cuando tenemos una red, los problemas se llevan mejor. Todos somos uno, a la vez que el uno es el todo. Si este final resulta aún demasiado oriental para nuestra mente occidental, bastará por hoy con que sonriamos un poco más que otras veces a ese mayor en el metro, supermercado o consulta del médico.

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