Información de interés para la generación sénior.
Conoce el proyecto Vida Silver.

Envejezco, ¿y qué?

Ahora que acabo de cumplir 67 añazos, permítanme que les cuente mi último fracaso relacionado con la edad. “Se habrá apuntado a la moda de tener un novio diez años más joven y ha sufrido el consabido (y previsible) batacazo amoroso” —pensarán ustedes—. “O le habrá dado por recauchutarse de arriba abajo y la han dejado momificada…”. No, nada de eso; más bien todo lo contrario. Lo que quiero decir es que cada uno encara la llegada de la vejez como buenamente puede y mi opción ha sido poner eso que los ingleses llaman “un labio superior firme”, y que viene a ser algo así como aguantar el chaparrón o, lo que es lo mismo, aquí-estoy-yo como-mis-arrugas-y-qué-pasa. Lo malo de esta actitud que antes podía llamarse “digna” es que está completamente desfasada. Ahora lo que se lleva es decir cosas como “La edad no está en mi carnet de identidad sino en mi espíritu” o “Me encuentro mucho más guapa a los sesenta que cuando tenía cuarenta”, frases que quedan fenomenal como titulares en las revistas del cuore pero que no son más que una tonta forma de engañarse.

El último fracaso que les comentaba más arriba lo tuve hace unos meses durante un debate sobre el tema “El paso del tiempo”. Mi interlocutor, un hombre por lo demás inteligente, sostenía esa bonita teoría de que la edad no está en el DNI-bla-bla, y aseguraba que dentro de muy poco no habrá que preocuparse por la edad porque la ciencia está a punto de lograr que vivamos 150 años. Yo, por mi parte (y comprendo que aquí me pasé un pelín, dada la obsesión de casi todo el mundo por ser inmortal), dije que me daban temblores sólo de pensarlo. Que eso de vivir siglo y medio no me interesaba en absoluto y que si viviésemos todo ese tiempo, argumenté, lo único que estaríamos alargando sería la vejez, y que no tenía el menor interés ser una anciana durante cincuenta o setenta años.

Pensaba yo que mis argumentos eran razonables y pragmáticos y que el público presente estaría de acuerdo conmigo. Por eso, cogí carrerilla, y añadí que no me parecía sano ni conveniente este culto a la juventud que tenemos todos ahora. Que cada edad tiene su encanto y que no hay que hacerse trampas en el solitario intentando parecer que se tienen veinte años cuando se tienen cincuenta. Afirmé también que me parecían patéticas las mujeres que visten de jovencitas y van con un piercing en el ombligo cuando ya han pasado la menopausia, o esos hombres que se operan y se tiñen el pelo sólo para acabar pareciendo Elvis Presley en sus postreros días.

Todo eso dije y miré al público. Silencio sepulcral. Ni una mirada de simpatía. Nada. Mi interlocutor, en cambio, cosechó aplausos fervorosos con su discurso en defensa de la eterna juventud y yo me fui a casa pensando (como tantas otras veces en mi vida) que no estoy para nada en la onda. Incluso ahora, al escribir estas líneas, me pregunto si hago bien. Si lo que digo será bien entendido en esta sociedad que se caracteriza por barrer bajo la alfombra todo lo que no le gusta: la vejez es mala, fea, y no existe; la muerte tampoco; la enfermedad, menos; todos somos guapos y jóvenes, sanos, ricos y los pajaritos cantan y la luna se levanta. Por eso me gusta mucho la campaña publicitaria de una marca de cosméticos femeninos que reivindica la belleza de las “mujeres reales”, de las que no miden 90-60-90, de las que no pesan 50 kilos, de las que ya no tienen 20 años. No sólo me parece inteligente como estrategia de ventas sino además muy saludable. Ya va siendo hora, pienso yo, de dejar de negar la realidad.

Porque lo peor de esa mentira buen rollito que nos venden de que todos podemos ser eternamente jóvenes y sexys es que lo único que genera es frustración (cuando no anorexia o neurosis o actitudes patéticas). Y es que, por mucho que se empeñen los más optimistas, una mentira mil veces repetida no se convierte en verdad, al menos en este caso. Además, como usted y yo sabemos, con sólo mirar a tantos famosos y famosillos recauchutados hasta la momificación, la verdadera belleza no tiene edad y, además, se manifiesta en detalles menos efímeros que una piel lisa o unos muslos libres de celulitis.

Carmen Posadas es escritora.